Titulo: ¿Cómo debe vivir el Creyente?
Texto: 1 Pedro Capitulo 1
Introducción: El saludo en los versículos 1–2 identifican al escritor como Pedro, un apóstol (alguien enviado con una comisión). No afirma tener ningún otro título, ni aquí ni en 5.1ss.
Sus lectores son «expatriados», o sea, «extranjeros residentes» en una tierra foránea. Esto era cierto políticamente, porque eran judíos lejos de su tierra natal; pero también era cierto espiritualmente, porque su ciudadanía estaba en los cielos (Fil. 3.20). «Dispersión» es lo mismo que «esparcidos», como el agricultor esparce las semillas.
Los creyentes son la simiente de Dios (MT 13.38) y Él los planta donde quiere. Algunas veces usa la persecución para esparcir la semilla (Hch 8.1; 11.19ss).
El versículo 2 bosqueja el plan de salvación: somos elegidos por el Padre, separados para la fe por el Espíritu y limpiados por la sangre de Cristo. El Padre nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef 1.4); el Hijo nos salvó cuando murió por nosotros; pero fue necesario que nos entregáramos al Espíritu para sellar la transacción.
Pedro ahora describe cómo deben vivir los creyentes en este mundo hostil:
I. Vivir en esperanza (1.3–12)
La persona no salva vive «sin esperanza» (Ef 2.12); el creyente, sin embargo, goza de una esperanza viva porque tiene un Salvador que vive. Cristo es nuestra Esperanza (1 Ti 1.1) y esperamos que regrese pronto. El cristiano no trabaja para lograr esta esperanza; es una parte de sus derechos por nacimiento espiritual. Hemos renacido (Jn 3.5) para esta esperanza viva.
Esta esperanza no sólo es viva; es una esperanza duradera (vv. 4–5). Está reservada en los cielos, donde no se puede pudrir («incorruptible»), ni contaminar, ni perder su belleza y deleite. Pero no sólo es la esperanza reservada; el creyente también es guardado (como por un soldado) por el Señor.
Somos guardados por el poder de Dios debido a la fe que hemos depositado en Él. La seguridad eterna no se basa en la fe de los hombres, sino en la fidelidad de Dios. El creyente es salvado; está siendo salvado diariamente (mediante la santificación); y será salvado por completo cuando Cristo vuelva (Ro 8.15–25). El fin (completar, perfección) de nuestra fe será la salvación completa del creyente (v. 9), quien heredará un nuevo cuerpo.
Sin embargo, hasta que Cristo regrese el creyente debe atravesar pruebas. Una fe que no se puede probar no es confiable. Nuestro sufrimiento es nada más que «por un poco de tiempo», según el Señor lo ve («si es necesario», v. 6); pero la gloria será para siempre. El versículo 7 compara la prueba de nuestra fe con la del oro. La palabra «prueba» significa «aprobación». La comparación que sugiere el Dr. Kenneth Wuest es que el minero trae una muestra para que sea probada. El examinador le extiende un certificado que indica que la muestra contiene oro. El certificado es la aprobación de la muestra y ese papel vale mucho más que la pequeña muestra que se analizó. Nuestra fe se prueba de la misma manera, con una «muestra»; y la aprobación de nuestra fe significa que hay un sinfín de riquezas más adelante. El sufrimiento que soportamos aquí resultará en más gloria cuando Cristo venga. Sabiendo esto, le amamos más.
En los versículos 10–12 Pedro nos recuerda que los profetas del AT hablaron de esta salvación que disfrutamos. No comprendieron por completo, sin embargo, el tiempo o las circunstancias en las cuales aparecerían. Vieron la cruz y el reino, pero no percibieron por anticipado el «valle» entre los dos, esta presente edad de la Iglesia.
II. Vivir en santidad (1.13–21)
La bendita esperanza debe hacernos vivir en santidad (1 Jn 3.1–3). Debemos «reunir nuestros pensamientos» y no dejarlos que vuelen libres (véase Éx 12.11).
Otro motivo para la vida santa es el mandamiento de la Palabra (Lv 11.44; 19.2; 20.7). «Santo» no significa perfección sin pecado, pues de todas maneras es una condición imposible en esta vida (1 Jn 1.8–10). Significa separado, apartado para Dios. Si somos hijos de Dios, debemos ser como nuestro Padre.
Un tercer motivo para una vida santa es el juicio de Dios (v. 17). Dios castiga a sus hijos hoy y prueba sus obras en el tribunal de Cristo (1 Co 3.1ss). Dios no tiene «favoritos», sino que trata a todos sus hijos por igual.
Los versículos 18–21 nos dan un cuarto motivo para la vida consagrada: el precio que Cristo pagó en la cruz. Antes de ser salvos la vida era vacía y sin significado («vana», v. 18); pero a través de Él ahora están completas y felices. Nuestra salvación no fue comprada con dinero; requirió la sangre de Jesucristo, el Cordero de Dios sin mancha (Jn 1.29). Dios planificó su muerte edades antes de que nosotros siquiera hayamos nacido; sin embargo, ¡Dios, en su gracia, nos incluyó en ese plan! Cuán agradecidos debiéramos estar y qué mejor manera de mostrar nuestra gratitud que rendirnos por completo a Él (1 Co 6.15–20).
III. Vivir en armonía (1.22–25)
La salvación nos da una esperanza viva, un deseo por una vida santa y una maravillosa comunión con el pueblo de Dios. El Espíritu de Dios nos amó y nos trajo a Cristo; este mismo Espíritu ha derramado en nosotros amor por el pueblo de Dios (Ro 5.5; véase 1 Jn 3.16ss).
En el versículo 22 Pedro usa dos palabras para referirse al «amor»: una que significa amor fraternal y otra amor divino (ágape). El cristiano posee amor fraternal; pero necesita ejercer energía espiritual y amar a otros de la manera que Dios le amó. Incluso las personas no salvas pueden mostrar amor fraternal; es necesario un cristiano, controlado por el Espíritu, para mostrar el amor ágape.
A Pedro le agrada la expresión «renacer»; la usa en 1.3 y 1.23. Somos renacidos mediante la misericordia de Dios para una esperanza viva y somos renacidos por la Palabra para un amor por el pueblo de Dios. Compara a la Palabra con la semilla, así como Jesús lo hace en la parábola del sembrador (Mt 13.1–9, 18–23).
Como una semilla, la Palabra es pequeña y al parecer insignificante, pero tiene en sí vida y poder. La Palabra debe plantarse para que haga algún bien; pero cuando se planta en el corazón, produce fruto.
La Palabra de Dios es eterna y el fruto que produce es eterno; pero las cosas de la carne no durarán.
En los versículos 24–25 Pedro se refiere a Isaías 40.6–8. ¡Cualquier cosa que hagamos en obediencia a la Palabra de Dios durará para siempre! Pero cualquier cosa que hagamos con el poder de la carne se verá hermoso por un tiempo, pero luego morirá.
La armonía cristiana es una bendición para el Señor, la iglesia y los mismos creyentes (Sal 133). Si cada creyente obedece la Palabra y practica el amor, habrá armonía.
Un Fuerte abrazo
Jorge Altamirano











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